Left to right: Juan Fuentes, Alberto Martinez, and Xavier have lived on St. Adalbert’s steps for months. Credit: Eddie Quiñones for Chicago Reader

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En las puertas de la iglesia de San Adalberto en Pilsen hay una imagen de la Virgen María, que asoma  entre las cortinas de seda verde, blanca y roja que forman la bandera mexicana. Está en su postura familiar: manos en oración, cabeza inclinada. Una pequeña linterna se encuentra a sus pies delante  de un ramo de rosas frescas. 

El 9 de diciembre, una fría y húmeda noche de viernes, visité la iglesia de 108 años. Sus barrocas y derruidas torres de 185 pies de altura dominan el vecindario. Durante casi una década, han estado envueltas en andamios de metal. A pesar de las protestas de los feligreses y una apelación presentada ante el máximo tribunal de la Iglesia Católica, la Arquidiócesis de Chicago cerró las puertas de San Adalberto en 2019, diciendo que ya no podían pagar las extensas reparaciones.

Desde entonces, muchos de los feligreses polacos que construyeron la iglesia y llenaron los bancos se han mudado. La escuela primaria Bartolomé de las Casas, que alguna vez fue una escuela pública para hijos de inmigrantes, ahora es una escuela chárter. La iglesia de mármol, réplica de la Basílica de San Pablo, está vacía por dentro. 

Pero esa noche, en la escalinata de la entrada, bajo la sombra de las columnas de granito color rosa, había dos campamentos. Tres hombres envueltos en cobijas se apiñaron junto a la hoguera. Una lona azul colgaba del andamio, protegiéndoles del viento helado. 

Credit: Eddie Quiñones for Chicago Reader

“Ella nos cuida”, me dijo Juan Fuentes, señalando la pintura de La Virgen. El hombre de 55 años, que luce  un bigote canoso, ha vivido en Pilsen la mayor parte de su vida, encontrando trabajos donde pueda, mayormente manejando camiones. Alberto Martínez, que trabaja como techador, se sentó a su lado con capas de chaquetas  de invierno, mirando el fuego. Un tercer hombre, Xavier, envuelto en una bufanda del que solo asomaban sus ojos y nariz, echaba papel al fuego. Los hombres han vivido en los escalones durante varios meses.

“Se supone que es una iglesia, pero de todos modos no se deja de ver que estamos en la calle”, dijo Martínez. Los hombres recordaban sus vidas pasadas: sus madres, el viaje aquí desde México y las ricas duchas calientes. Si la Arquidiócesis vende la iglesia, me dijeron, perderán lo poco que les queda. 

Quince minutos después, una procesión de varios Chevys y Hyundais se estacionaron frente a la iglesia en la calle 17. Media docena de mujeres blancas  mayores salieron de los coches con sus botas de nieve, se abrocharon los abrigos y se pusieron sus guantes de invierno. Desde que cerró la iglesia, feligreses y miembros de la comunidad, preocupados de que la Arquidiócesis pronto venderá la propiedad, han luchado para proteger San Adalberto. Hace solo unas semanas, cinco feligreses fueron arrestados por la policía después de intentar bloquear la extracción de La Pieta, una querida estatua que replica la escultura original de Michelangelo. La estatua fue trasladada a la cercana Iglesia Católica de San Pablo. Las mujeres caminaron hacia la pintura de la Virgen María. Una mujer llevaba una silla plástica. Hablé con la única mujer que hablaba español. 

“Estamos aquí para el rosario”, me dijo Linda Ruiz en tono sobrio. Me dijo que viajaba desde Berwyn. Todos los viernes de 7 a 9 de la noche, los antiguos feligreses, tanto polacos como mexicanos, se reúnen frente a las puertas cerradas de San Adalberto para rezar el rosario. “Oren con nosotros para salvar la iglesia de San Adalberto”, dice un letrero clavado en un andamio de madera. “Unidos en Oración.“ 

Credit: Eddie Quiñones for Chicago Reader

“Hay tantas iglesias que han cerrado pero no han destruido”, me dijo Ruiz. “¿Por qué deben destruir nuestra iglesia?”

Fuimos interrumpidos por gritos. 

“Esta es nuestra iglesia! Tienes a San Pablo! ¡Vete a San Pablo!”, gritó una mujer blanca con una chaqueta morada y un gorro de pompóm. Insistió en que los hombres se mudaran a otra iglesia a una milla de distancia. 

“¡Regresa a Polonia!” respondió Fuentes, en inglés. “¡Soy de México!” Ruiz me dijo que a los feligreses les preocupaba que el fuego estuviera demasiado cerca a los pisos de mármol. Pero los hombres insistieron en que el piso no era combustible porque en realidad era de concreto. Además, decían los hombres que necesitaban el fuego para calentarse. La mujer de la chaqueta morada insistió en que se fueran. 

Sin pensar (probablemente debido a mi educación católica) le pregunté dónde se suponía que irían los hombres. 

“Eso es lo que queremos saber”, me dijo Ruiz. “Es responsabilidad de la ciudad y de la Arquidiócesis ayudar a los pobres”. La mujer de la chaqueta morada comenzó a deshacer las cuerdas que sujetaban la lona al andamio, diciendo que pertenecía al grupo del rosario. De repente un hombre empujó una cámara en frente de mi cara.

“¿Estás con Lori Lightfoot?” me preguntó. 

Le dije que trabajaba en el Chicago Reader.

“¡Así que trabajas con la ciudad!” (Más tarde me enteré que el hombre era un reportero de Polvision TV 62.1, el canal de noticias en polaco de Chicago.) 

Mientras tanto, la mujer de la chaqueta morada seguía deshaciendo las cuerdas. Arrojó algunas de las pertenencias de los hombres a la vereda. Los otros feligreses se quedaban mirando. Martínez suplicó que el hombre con la cámara dejará de grabar. Fuentes se retiró. 

Y entonces, como si nada hubiera pasado, los feligreses comenzaron a cantar en oración. Algunos leian de partituras. “¡Matka Boska!” gritaron a la imagen de la Virgen María, su mirada fijada a los tres hombres que se encogieron en una esquina. 

Credit: Eddie Quiñones for Chicago Reader

Fundada por la comunidad polaca católica, la iglesia de San Adalberto ha abierto sus puertas a los inmigrantes del barrio durante varias décadas. Cuando la población mexicana creció en los mediados de 1970, la iglesia comenzó a ofrecer misa en español y polaco para satisfacer las necesidades de sus nuevos feligreses. Para Ruiz, San Adalberto fue el centro de su vida, donde celebró bautizos, comuniones, bodas y asistió a funerales.  

“Cuando uno llega primero al barrio, siempre se queda ese recuerdo y quiere uno regresar”, me dijo Ruiz. “Y hemos regresado todos los domingos”. 

Pero sus preocupaciones crecieron en la última década debido a un cambio de liderazgo. Poco a poco comenzó a escuchar rumores de que la Arquidiócesis cerraría San Adalberto. “El padre Michael Enright nos dijo durante mucho tiempo que nunca iban a cerrar la iglesia”, dijo Ruiz. 

En 2015, la Arquidiócesis comenzó a consolidar y cerrar iglesias en Pilsen, citando baja participación y menos sacerdotes. El padre Enright también estaba a cargo de San Paul, dejando a los feligreses preocupados de que San Adalberto no tuviera  alguien que los defendiera. 

En 2017, un año después de anunciar que cerrarán San Adalberto, se reportó que la Arquidiócesis entró en negociaciones contractuales con la Academia de Música de Chicago para comprar la iglesia, pero la venta fracasó. En 2019, la Arquidiócesis intentó vender la iglesia a City Pads, una empresa de desarrollo, por $4 millones. Pero, de nuevo, la venta fracasó. 

Un documento proporcionado al Reader por el concejal del Distrito 25 Byron Sigcho-Lopez muestra otro intento en meses recientes por la Arquidiócesis para vender la propiedad de la iglesia a “ANEW LLC”, una empresa de bienes raíces con oficinas en Miami. Daniel Davidson, el dueño de la compañía, tiene un largo historial en la reurbanización de vecindarios. En 2003, convirtió una sinagoga de Miami en un lugar exclusivo para eventos privados y lo llamó La casa del templo. 

Un representante de la Arquidiócesis se negó a comentar sobre el documento, pero dijo que “la iglesia todavía se vende” para quien pueda darle un buen uso a la comunidad y honrar su historia. 

Mientras los feligreses cantaban, Sigcho-López llegó con un ayudante. Desde que fue elegido, ha hecho varios intentos para evitar la remodelación de la propiedad de la iglesia. En 2019, después de que se cerraran las puertas de San Adalberto, Sigcho-Lopez presentó una ordenanza al Ayuntamiento para hacer cambios a la zonificación y así  evitar la construcción residencial. La ordenanza nunca llegó a votación. Unos meses más tarde, le pidió al Departamento de Planificación y Desarrollo de la ciudad que preservara la iglesia dándole una designación histórica. Sus súplicas fueron ignoradas. 

En un último intento para salvar la iglesia, Sigcho-López volvió a presentar su ordenanza al Ayuntamiento  a principios de este año. Esta vez, la ciudad le advirtió que la Arquidiócesis podría demandar a la ciudad para defender sus derechos propietarios. La ordenanza fue aprobada por el comité de zonificación, pero los aliados de la alcaldesa Lori Lightfoot, los concejales Nicholas Sposato y Ariel Reboyras, bloquearon la votación. En un fuerte intercambio con la alcaldesa, Sigcho-López acusó a Lightfoot de intervenir en los asuntos del distrito para salvar sus apariencias con la Arquidiócesis. Desde entonces, la ordenanza se ha estancado. 

“La oficina de la alcaldesa, al bloquear la votación, está engañando a la comunidad y empujando una propuesta sin el debido proceso”, dijo Sigcho-Lopez. 

Siendo un inmigrante ecuatoriano, Sigcho-López se mostró comprensivo con los feligreses y los hombres que recogían sus pertenencias. Él y la feligrés Judy Vázquez discutieron soluciones alternativas para los hombres que estaban temblando. 

Los policías fueron los últimos en llegar. Los dos oficiales aseguraron a todos que los campamentos no podían ser removidos porque la iglesia es propiedad privada. Dijieron que la autoridad recae con la Arquidiócesis. A los hombres se les permitió quedarse, con tal que no hubiera fuego.

Pronto los suaves susurros de las oraciones se extinguieron. Las mujeres regresaron a sus autos y se fueron. Los hombres regresaron a sus lugares. La única luz que quedó fue la de la linterna que alumbraba a la Virgen María. 

Credit: Eddie Quiñones for Chicago Reader

El día de la Virgen de Guadalupe, los mexicanos celebran su aparición en 1531 a un joven campesino indigeno que caminaba hacia el cerro del Tepeyac. Celebramos la ocasión como el cumpleaños de cualquier miembro de la familia, preparando tamales y champurrado.

El domingo por la mañana, víspera de la fiesta, regresé a San Adalberto. Docenas se habían reunido en un día nublado. La multitud me recordó a una fiesta de familia: una mezcla de mexicanos y polacos, jóvenes y viejos, católicos practicantes y católicos no practicantes. Fuentes, Martínez y Xavier no se veían por ninguna parte, pero sus pertenencias aún estaban allí. La mujer de la chaqueta morada también estaba allí, de un humor más alegre. 

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Al frente de la multitud, frente a la Virgen María, había un mariachi formado por cuatro miembros. Mientras ensayaban, la gente charlaba y se abrazaba. Algunos feligreses instalaron una pequeña mesa en la vereda, repartiendo pan dulce. 

Escuché las cuerdas de un violín. La canción era “Amor Eterno” de la cantante española Rocío Dúrcal, una balada sobre un amor que no tiene fin. Recuerdo haber escuchado a mi madre cantar esta canción en nuestra casa, mientras lamentaba la pérdida de su propia madre quien nunca pudo despedirse. Al escuchar la canción nuevamente esa mañana, me di cuenta que todavía sabía todas las palabras. Tú eres la tristeza, ay, de mis ojos/ Que lloran en silencio por tu amor. Las voces de lo que queda de la parroquia de San Adalberto subieron hasta lo alto de las torres, donde alguna vez tocaban las campanas de la iglesia.